Ayer al atardecer

 

Noto que no estás cómodo cuando estoy en tu casa. Dejas abierta la puerta del lavabo mientras te duchas, tratas de hablarme no sé si por saber dónde estoy o para evitar que me distraiga mirando los cajones donde guardas doblada tu ropa, tan ordenado como eres con todo lo tuyo, para que no lea el cuadernillo de  notas que te hace de memoria en el cabecero de la cama, con su lápiz de mina cruzado como esperando una nueva ocurrencia, una nueva tarea, un noteolvides. Sencilllamente inquieto regresas con un té intentando sorprenderme mientras toco tus cosas. Hasta ahora no ha ocurrido, más por el miedo a descolocar ese orden cósmico en que te mueves y en el que todo parece haber explotado al sitio preciso,  que por el temor a que te enfades, que sabría endulzar sin duda.

No he mirado si has desenvuelto el disco que te regalé y que recibiste con la sonrisa esa de ya lo tengo, ni he contado los preservativos doblados como una cinta métrica que mide tus encuentros de forma decreciente, ni he metido entre las páginas del libro los pétalos de la primera rosa que ha dado el rosal del patio de mi madre y que atesoro en el bolso entre papel húmedo de un periódico local gratuito en el que se habla de tí de forma ambigua, como siempre, como es propio.

No he hecho apenas nada sino quedarme quieta ante el balcón y pensar en que si pasaran mis hijas y mirasen arriba verían una mujer algo mayor, enmarcada en este hueco y con gesto triste, que retrocede asustada ante sus ojos. En ese momento tengo un ataque de cariño por ellas, quisiera que me comprendieran, quisiera abrazarlas y poder explicarles que los amores tardíos no son tan de risas ni tan de lágrimas como los de su edad, ni de tan de  calle. Ni mucho menos tan tornadizos. Son amores infieles aunque dilatados, dudosos, algo egoistas, lentos, de ojos ya más resecos, a escasa luz, con despedidas en medio de la calle como que no nos conocemos, miradas al alzar el vaso, brindis en la distancia con el vermú mediado, gestos de luego llamo, -solo gestos para calmarme; luego,  no hay llamada-, amigos comunes, amigas epicenas, modos ambiguos.

Cuando entras en el dormitorio con la sonrisa, el té y la toalla, lo encuentras todo en el mismo orden que lo dejaste.  Todo menos yo, que estoy deseando escapar.

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