UNA SEÑORA CON UNAS MONEDAS

By lingarta

091030jaen8

El sábado pasado me levanté temprano, rendida por el  cansancio. La resaca de la gripe esta o lo que sea y las niñas que estuvieron llegando toda la noche de las fiestas de disfraces de estos días. Me desperté varias veces, varias veces las conté y faltaba una por llegar y varias veces me volví a dormir hasta los siguientes ruidos… como si fueran una docena.  Llegan, se desmaquillan y se ponen a cenar algo y yo me voy entredespertando hasta que, rendida, me duermo satisfecha de que estén ya en casa y se despejan los reproches, las cosas que pensaba decirles. Están bien, se van criando, es la edad, es lo suyo.

Pero a la mañana, me desperté entre dos luces, las conté otra vez, no faltaba ninguna, y me fui a tomar un café antes de entrar al mercado.  Imaginaba a los pescaderos calentando la voz como cantantes de ópera entre cajas, nerviosos aunque seguros de lo que van a hacer, echando agua sobre sus peces muertos para que brllen bajo los focos siempre excesivos de las pescaderías, los cangrejos que tratan de escapar en tumulto, una cabeza suelta de bonito sobre un mostrador.

Por el camino me crucé con Juande; tuvimos algo cuando lo de la separación y me dio un poco de vergüenza que me viera con el carro; un cara con clase de esos que te hacen sentir importante: Juande. Una madrugada me dijo que estaba cansado, que se iba para casa, y no hemos vuelto a estar.  Son cosas que pasan.  Sin rencor, Juande, pero no me mires con ese descaro cuando me ves con un carro de la compra y cara de catarro o gripe o lo que sea.  Juande daba el aspecto de estar volviendo, un poco furtivo quizá; quizá tenga alguna pareja ahora, quién sabe, y ella no sabe.  Juande.  Noctámbulo, quizá precipitadamente salido de alguna cama de alguna trabajadora de alguna profesión que trabaja en sábado, expulsado de una cama caliente por la realidad laboral que se impone.  Dispuesta a brindar por Juande y por esos años, me encajo en la barra de un bar vacío y pido un café. En la esquina, el periódico.

-De la casa ??

-De la casa, señora…

Señora…No puedo evitarlo y en ese momento me miro en el espejo que hace de trasera a la barra y veo las ojeras, los kilos de más en una camiseta quizá imprudentemente ceñida y el brillo de las primeras canas iluminadas por el fluorescente. Soy yo, y no me lo parezco. Inadaptación, inadecuación. Tiene mi cara, mi expresión, la misma mirada, y me parezco una extraña. Lo de señora me ha sonado como un insulto tendría que sonarme como un piropo. Mi madre llama señora a aquellas mujeres a las que respeta.  Señora, como relevancia de seriedad y un cierto tono de prestigio, una mujer, una señora, ésa, la tía ésa, la señora, una señora.  No sé si soy una señora

- Lo quiere ??

- El qué   ??

-El periódico

-Sí,… sí claro

Vuelvo a mirarme en el espejo, incómoda.  Bajo la vista, y en el periódico, como si se tratara de una pesadilla de la fiebre, veo cubriendo toda la portada una Iglesia en cuyo altar mayor oficia nuestra Alcaldesa Carmen Peñalver que mira hacia la cámara situada por sobre su cabeza y es a su vez contemplada por una ordenada feligresía compuesta por todas las personalidades de nuestra provincia. No es un sueño, me digo. Has madrugado, tienes mala cara, el bar es un poco irreal pero esta foto es cierta. No es un sueño. Las autoridades tiene un especto de conformidad que a veces habrás visto en los establos cuando, apremiada, te han pasado a hacer un pis al corral ante una fila de vacas que al principio te dan mucho corte con sus ojos como de cristal pero luego ves que son indiferentes.  La Alcaldesa en cambio tiene con la cámara una mirada de complicidad casi diabólica. No tardo en saber que se ha producido aquel acontecimiento que tanto esperaba Manolito para ofrecérselo a su pareja, la inauguración del Camarín de Nuestro Padre Jesús. Quien en ese momento no estuviera allí, no existe, no es nadie.  Está todo  Jaén.

Busco entre los presentes y repaso cara a cara comprobando que están todos, ordenados, situados por importancia, limpios, con gesto  de circunstancias. Hermanados por el sentimiento de cerrar filas, de aquí no falta nadie, guardias civiles, comunistas fumadores, gentes del PP con las comisuras declinantes y apretadas, militantes y militares en traje de gala, hombres de negro con pelillos en las satisfechas manos, socialistas de boca ancha, policías, los de la Universidad, fuerzas vivas todas, periodistas itinerantes,  todo el mundo con cara de mansedumbre de vaca que te mira orinar salpicandote los pies.  Menos el gesto diabólico de la Regidora, el resto es paz y acatamiento.  Alguien mira de reojo a Gaspar: un día le traicionó y quien sabe si Zarrías se habrá enterado.  Se corre la cortinilla que cubre la placa, se reparten sonrisas, parabienes; menos por parte de los Populares que sienten que les hubieran robado algo, los demás están alegres de haber participado en esta hermosa ceremonia que a la Iglesia Católica honra.

El proyecto, se dice, era una apuesta de Zarrías. Los demás mortales, el pueblo llano, apostamos a las carreras de galgos, a la lotería, a los ciegos, y Gaspar apuesta –con nuestro dinero, claro- a estas cosas, apuesta por la Iglesia.  La caja siempre gana. Quizá sueñe con ser un día enterrado bajo una losa en el atrio de esta iglesia, como los obispos antiguos, con las manos cruzadas sobre el vientre convexo; quién sabe lo que puede soñar un hombre como éste, tan vivido. Soñar sueños que al resto nos parecen quimeras. Soñar si duerme, que no es seguro.

 También en la parte media de la foto te encuentro a ti, Lingarto, un poco tieso, a decir verdad, un poco serio, pero con el mismo gesto de conformidad que el resto, Estás con ella; ella te acompaña con un traje de chaqueta elegante, claro, esas mechas con que las mujeres encubrimos las canas, esa manera de llevar el bolso con fingida naturalidad y un pañuelo atado a una de las asas. Estais guapos, haceis buena pareja, Lingarto.

Me miro en el espejo una vez más, pago el café y me meto en el mercado a que los vendedores de los puestos me levanten el ánimo con sus piropos, con sus gritos, con su olor,  a cambio de unas pocas monedas. Compro la dicha con unas monedas.

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